martes, 5 de octubre de 2010

La medalla al mérito

La selección femenina de baloncesto ya está en España de vuelta del Mundobasket. En las declaraciones de las jugadoras de José Ignacio Hernández comprobamos una mezcla de sorpresa, perplejidad y sensación de haber conseguido algo muy importante a través de un gran esfuerzo. Ahora, con los pies en el suelo, es cuando pueden digerir y asumir qué significa en realidad ese bronce en el Mundobasket de la República Checa.

Esa medalla es un reconocimiento al trabajo que este grupo de jugadoras ha realizado durante la última década, con buenos resultados en competiciones europeas, pero siempre con la materia que desde ahora ya no estará pendiente. Pero es más. Es una verdadera demostración de la fuerza de estas jugadoras, que podrían no subir al podium si evaluásemos algunos detalles que más tienen que ver con la técnica o el físico, pero que seguramente conseguirían el oro en cuanto a actitud. Aunque lo que más destaca, a mi juicio, es la heroicidad que la rodea si tenemos en cuenta el panorama en el que han crecido estas jugadoras.

Que en España el baloncesto no era hasta 2006 -Mundial de Japón- un deporte con prestigio mediático lo sabíamos. Que nuestro sistema tiene mucho que envidiar al de EEUU con esa promoción increíble del deporte también lo sabemos. Y que el deporte femenino, aquí, como en otros tantos lugares -aunque con diferencias abismales si comparamos salarios de unos países a otros- está condenado a vivir en la sombra -hasta que quien deba decirlo diga "basta"- es obvio.

Vamos, que peor imposible: chicas en un país de futboleros que se dedican al baloncesto. Pero algo más se queda en el aire si no has vivido el baloncesto femenino tras los pasos de esta generación. Algo que creo que merece unas líneas y que para mi ensalza todavía más este logro.

Las chicas de bronce aprendieron a jugar al baloncesto en clases extraescolares en patios de colegios con chicos, también pudo ser cosa de colegios de monjas. Los combinados de cada Comunidad los formaban chicas de un par de equipos, el resto ni existían. ¿Jornadas de tecnificación? ¿Programas especiales para jugadoras altas? Eso son aspectos en los que las federaciones trabajan ahora, lo cual nos hace soñar con lo que podrán conseguir las generaciones venideras, pero que eran inimaginables por aquel entonces. Estas jugonas tenían suerte si conseguían llamar la atención en un mundo tan cerrado. Y arriesgaban mucho –trabajo, estudios, relaciones, dinero… un futuro- cuando hacían kilómetros para jugar en un sitio nuevo.

A esto se le suma el estado de la Liga Femenina. Una liga que desde hace años se disputan dos equipos, el resto hace lo que puede. En este cuadro es raro hablar de competición “competitiva” e imaginar que algunas de nuestras jugadoras hayan llegado hasta donde han llegado.

Si en España das una patada a una piedra salen mil jugadoras de baloncesto. Pero bien formadas te saldrán tres. Mucho que envidiar a otros países. Por lo que veo en los polideportivos la cosa está cambiando, y con esta medalla las nuevas generaciones podrán sacar algo más. Valdemoro, Torrens, Montañana y compañía han jugado todos estos años contra sus adversarias y contra estos muros. Y a pesar de eso, ahí están, con unas sonrisas de oreja a oreja y que muerden unos metales. Esas medallas, para mi, no tienen color. Son unas medallas de campeonas.