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miércoles, 9 de junio de 2010

Celtics- Lakers: El partido de los "segundones"

Anoche, en el descanso del tercer partido de las finales de la NBA estaba convencida de que los Lakers sólo eran capaces de ganar a los Celtics cuando los de verde jugaban mal. Después de que el equipo angelino perdiera una cómoda diferencia en el segundo cuarto me convencí todavía más. El final del partidazo entre Boston-Los Angeles cambió mis esquemas.

En la primera parte el equipo bostoniano parecía una banda, un equipo 'de patio de colegio'. Dos de sus grandes estrellas, Ray Allen y Paul Pierce -que al final espabiló aunque tuvo muy mal atino con las faltas- no habían aportado en el marcador.

El comienzo de la segunda parte sentó bien a los del trébol, sobre todo a jugadores de banquillo como Glen Davis, Tony Allen o Rasheed Wallace. Sus ganas por vencer en el TD Garden y poner más difícil la vuelta de la serie a L.A nos regalaron los 5 últimos minutos dignos de un encuentro entre las dos míticas franquicias.

Rajon Rondo mostró otra vez el buen jugador que es, acortando distancias en el marcador cuando sus compañeros estaban todavía dormidos. Y Kevin Garnett respondió a las desacertadas declaraciones de Pau Gasol con buenos números. Aún así, sus peticiones de descanso en un partido tan importante nos muestran que su condición física no es la óptima, pero se llevó el duelo de calle e hizo pequeñito al español que sólo destacó por sus rebotes y una canasta importante a falta de dos minutos. Por suerte, el compañero de Pau, Andrew Bynum, sí estuvo grande.

Con un Kobe Bryant otra vez descentrado tanto en la defensa, donde era incapaz de saltar a las ayudas, como en el ataque, con tiros en el primer segundo de la posesión -y descentrado para él son 29 puntos al final del partido-, apareció el capitán del equipo angelino. Derek Fisher, sí, ese jugador de treinta y tantos castigado a aguantar cómo se habla de su necesario sustituto.

Fisher no fue el máximo anotador, sin embargo, sus 16 puntos sí marcaron la diferencia y nos regaló espectáculo en muchas de sus acciones ofensivas. Ni qué decir tiene que su defensa también fue fundamental: el mejor de la noche anterior, Ray Allen, se fue a casa abochornado con sólo dos tiros libres anotados y una casilla en triples sin estrenar un partido después de conseguir el récord de una final de la NBA desde esa distancia.

viernes, 4 de junio de 2010

Golpe a unos orgullosos Celtics

Bajo la atenta mirada de Jerry West el jueves se disputaba el primer partido de la final de la NBA. Celtics-Lakers, un clásico de la liga norteamericana que empezó hace unas décadas pero que tiene en los duelos entre Larry Bird y Magic Johnson su máxima expresión.

2008 fue la última vez en que estos dos equipos pelearon por un anillo y los célticos se llevaron su campeonato número 17 tras unos veinte años de sequía.

El equipo angelino ha sido el gran dominador del último siglo, probablemente en detrimento del equipo de Boston. Hoy, Los Angeles lucha por revalidar el título del año pasado y conseguir así la revancha tras la derrota de 2008. Ese año Pau Gasol podría haber decorado sus manos con un anillo en el que se hubiera convertido en un debut espectacular en su primera temporada en el equipo de Phil Jackson, sin embargo tuvo que esperar un año para conseguir la ansiada -e imposible para casi todos los mortales- joya.

En la madrugada del jueves al viernes vimos cómo reinaba el nerviosismo en los primeros minutos. Ataques sin definir, pelea de gallos entre Ron Artest y Paul Pierce, y una entrada de Kobe Bryant completamente solo que no hacia sino presagiar lo que sucedería durante el resto del partido con el equipo visitante.

La falta de concentración reinó en el equipo dirigido por Doc Rivers. A los espectadores se nos escapó una gran oportunidad para disfrutar de un partido que se antojaba mítico y que acabó antes de que terminara. Todos esperábamos un partido más ajustado, no un 102-89 algo maquillado en los minutos finales.

Las brillantes estrellas de los Celtics no supieron o no pudieron hacer frente al campeón. La clave del partido estuvo en los rebotes. Ahí tuvo mucho que decir el español. Se erraron muchos tiros y conseguir con el rebote una oportunidad más en cada uno marcó la diferencia. Si quieren ganar más partidos, los de Boston tendrán que aprender esta lección tan básica.

Las faltas impidieron a Ray Allen desplegar todo su juego. Paul Pierce generó mucho menos juego del que anotó y sólo se salvaron Rajon Rondo -el habitual en estos playoffs- y las aportaciones, siempre tras una larga espera en el banquillo, de Rasheed Wallace.

El domingo volveremos a trasnochar para ver el segundo partido de la final. A Boston le han dado en el orgullo... Pinta bien.